20081122

La luz invencible

La entrada al lugar donde trabajo es un gran portón deslizable al final de un grupo de bodegas, a pesar de su tamaño y de que se mantiene abierta todo el día, por ella puede verse apenas un pedacito de cielo pues obstruyen la visión los muros de las otras bodegas, camiones de carga y trabajos terminados que esperan entrega. Tenemos además dos grandes tragaluces en el techo que, ennegrecidos por el polvo, se tiñen de un pálido color azul sugiriendo que afuera brilla el sol. El lugar es lo suficientemente obscuro para obligarnos a tener las luces encendidas.

Por acercarse el invierno los días van haciéndose mas cortos y como desde hace unas semanas retrasamos el reloj al terminarse el horario de verano, para el momento en que me dirijo a trabajar apenas amanece y cuando vengo de regreso empieza a anochecer. Estos dos momentos, cuando voy y cuando regreso del trabajo, son virtualmente los únicos en que puedo ver la luz del día.

Se escucha deprimente. Y lo es un poco.

Pero pienso que valen la pena las horas de penumbra por estos breves momentos de luz:


Y aunque no faltan los recordatorios que nos envia el imperio, la luz transforma sus amenazas en parte de la belleza. Ni siquiera el mounstruo tiene el poder de derrotarla.

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