Trying tenia cosas que hacer y yo no quise quedarme en casa la tarde entera con la computadora encendida.
Cuando llegué aquí y no tenía ni blog, ni camarita, ni trabajo, ni nada que hacer después de las clases de inglés, agarraba mi bici, una botella con agua y me iba al mar. Desde que tengo trabajo y nos venimos a vivir más lejos, he dejado de hacerlo y hoy, aprovechando el sol, quise revivir esos días de feliz irresponsabilidad.
Allá lejos, a 10 kilómetros, esta la playa. Un día –le digo a Trying- el calentamiento global nos va a convertir este condo en un lujoso apartamento con vista al mar. Cuando eso pase, los bancos que hoy nos desdeñan se desgreñaran por refinanciarnos la hipoteca.
Hace siglos, podía salir a dar un paseo de 90 kilómetros sin despeinarme, hoy, diez me parecen una distancia lo suficientemente larga para dudar si debo lanzarme a la aventura. Pero a un cielo azul como este cuesta trabajo decirle que no.
Para llegar al mar hay que recorrer primero una amplia, larga y poco transitada avenida con estupendo asfalto. Ojalá así hubiese sido en México. Para salir de la cuidad, en la dirección que fuera, era necesario recorrer calles y calles de tráfico pesado; estrechas y llenas de baches.
Este lunes casi nadie trabajó porque es Memorial Day, las empresas cierran y las calles están medio vacías. Aquí celebran con una parrillada la memoria de los miles de soldados caídos en las múltiples guerras que este país sostuvo y sostiene. La tristeza es solo un acto oficial, los muertos son de otros, para el resto, hay fiesta y una avalancha de descuentos en los almacenes. Es un país extraño.
Tras de un par de kilómetros termina la zona habitada y empiezan los campos de cultivo. Los trabajadores de la fresa, el apio y el limón tampoco trabajan, las parcelas están solitarias y la calle es casi toda para mí. Siento ganas de detenerme un rato, sacar la cámara y esperar, con suerte me toca ver algún conejo, ardillas o halcones y buitres rondando la zona.

Un dia Trying y yo nos aventuramos a meternos con las bicis, -se supone que no debe uno meterse al campo porque es propiedad privada- Nos detuvimos un momento a descansar y nos vimos repentinamente rodeados de conejos que se escondían entre las matas. De pronto, un ave cayó desde algún lugar del cielo y atrapó un roedor. –no nos dimos cuenta del drama hasta acercarnos un poco- En ese entonces no teníamos cámara. Ha sido una de las imágenes más impactantes que me ha regalado esta cuidad. No es que me guste la sangre, pero eso es lo más cerca que he estado de un mundo distinto a este en el que siempre estoy: uno construido ex profeso para humanos.
Pero a mi atardecer perfecto le sobreviene un súbito ataque bipolar: Empieza a soplar un viento frío, y esas nubes de allá al fondo bajan a la tierra veloces, enturbiando el cielo, la visibilidad y mi confianza en seguir.
En el D.F. son raros los fenómenos de niebla y cuando ocurren, lo hacen solo en las mañanas y no muy densamente. Cuando fuimos a San Francisco me maravilló la niebla: Era tan espesa que difícilmente podías ver a 10 metros y tan densa, que de un lado de la calle el sol brillaba intensamente mientras el otro estaba envuelto entre algodones. No sé si en todas las ciudades costeras ocurre esto, yo nunca había vivido en la costa. Aquí la niebla es espesa gris y muy veloz. Oscurece el día y no se levanta sino hasta horas después. Te hace creer que cuando pase todo alrededor será distinto. Nunca ocurre así, la niebla se disipa dejando atrás el mismo pueblo, hermoso pero frió, de siempre.
Me detuve un minuto.
Hay un punto cuando sales en bici en que dar media vuelta y regresar toma más tiempo que seguir adelante. Yo había llegado a ese punto cuando la niebla atacó. Mi temor no es a la niebla, sino a los atomovilistas con la visión menguada, aquí la gente corre a velocidades que superan por el doble los limites permitidos; hay demasiados accidentes en proporción al tamaño de la ciudad, las paginas del periódico local se llenan de historias tristes de gente que arruina su vida por imprudencia. En México nunca tuve miedo a pesar de la nula educación vial de sus conductores, de las escuálidas carreteritas de doble sentido, con asfalto deplorable y pobladas de camiones de transporte. Debe ser la edad. O quizá entonces no tenía nada que perder. Hay un punto en el cual la madurez y el miedo se parecen tanto que es difícil distinguirlas. Pero yo ya había llegado a ese punto en el que no tiene sentido desandar lo andado. La bicicleta, te enseña muchas cosas, por eso me niego a dejarla.
Llegué al sitio donde conocí por primera vez al océano pacifico.
Deje la bici encadenada al mismo poste, en la misma esquina donde la dejo siempre. Parece que durante el medio día o la noche anterior hubo tormenta, porque la arena invadió la calle. Las casas aquí son las más costosas de la ciudad. Una casa con vista a la playa cuesta entre 3 y 5 millones de dólares. Una algo más modesta, a dos o tres calles del mar cuesta 750 mil. Los habitantes de esta zona, blancos en su mayoría, han visto frustradas sus intenciones de fundar una ciudad nueva –separándose la porción latina- a la que pretenden llamar Hollywood Beach City.
El mar lucia un gris desolador. Me lancé a caminar un poco por la orilla.
La primera vez –y única antes de llegar aquí- que conocí el mar estaba exactamente igual de gris que ahora, pero esa vez habia un norte. Era de noche, sin luna, las olas escasamente se veían a la luz de una fogata, pero el mar rugía furioso. Me ha gusta pensar que gritaba mi nombre. Sé que no es así, pero cada quien elige sus recuerdos y yo he elegido recordar que, desde entonces, el mar me llama.
Nunca me he atrevido a meter más que los pies...
Cuando camino por la playa voy buscando cositas que traen las olas. Mi ilusión es encontrar un día algo increíble, algo que el mar arroje solo para mí. Las veces que he ido solo he visto conchas diminutas y piedras romas, algunas de colores lindos pero todas bien comunes. Una vez Trying y yo encontramos una foca muerta, otra, cabezas mutiladas de cazón. (A veces el mar arroja horrores y quiero convencerme que no es uno de esos aquello que creo que reserva para mí). Hoy, sin la distracción de un océano profundamente azul, me concentré en la arena.

Siempre la playa esta repleta de restos de estos bichos. No sé que tipo de crustáceos son, pero este en particular era muy grande y estaba especialmente completo. Tal vez sean de ese tipo de animales que se abandonan al destino de forma masiva -la naturaleza también es un país muy raro- Tal vez no sean cadáveres, sino los restos de una multitudinaria muda de piel. A veces imagino al verlos, que dentro de nosotros también existen playas, y a sus orillas, el mar del tiempo acumula restos de los sueños que se nos murieron o cambiaron de piel.
Llevaba apenas unas decenas de metros cuando distinguí entre los fragmentos de caparazón, pequeñas esferitas rojas. Me acerque un poco. Eran, me atrevo a decir, decenas de miles mariquitas muertas. Ignoro como llegaron allí, aunque supongo que la tempestad las arrastró desde las islas que hay mar adentro.
Al principio pensé que serian solo un puñado. Caminé cerca de doscientos metros y no le encontré fin la hilera de diminutos cuerpos. Pensé de nuevo en nuestros mares interiores. Sentí un escalofrió..
Antes de este hallazgo, había recogido una pequeña piedra blanca para llevarle a Trying y pensaba en que hubiera sido mejor regresar a casa solo con esa piedra, cuando vi una de aquellas bolitas moviéndose pesadamente por la arena. La recogí. No se como sobrevivió al desastre. Los bancos de arena que rodean la orilla se extienden cerca de un kilómetro y la noche ya se aproximaba “Si la dejo” pensé “no amanece” la hice trepar sobre mi guante y emprendí el regreso.
Nadie me pidió llevarla, ni siquiera ella. Hacemos muchas cosas sin pedirle opinión ni a los directamente interesados. Quiero creer que si hubiera podido preguntarle, me habría respondido que sí.
Creí que bastaría con que el bicho permaneciera sobre mi brazo lo suficiente para salir del arenal, pero me acompaño los diez kilómetros de viaje de vuelta. Cuando llegue a casa, le contre a Trying sobre las cosas que vi, le mostré el bicho y lo colocamos en una de sus macetas. No sé si las mariquitas duermen, pero si lo hacen esta se durmió, porque amanecio abrazada a esa ramita.
No sé si las mariquitas sueñan, pero si lo hacen esta debió tener sueños muy extraños. Y si sueñan, quizá también hay dentro de ellas una playa a donde la mar arrastra sus anhelos rotos. Tal vez se soñó a si misma en una playa recogiendo objetos que arroja la marea. No creo que ni en su más alucinada noche, un bicho sueñe que lleva humanos en su lomo.
La tarde del martes, al regresar del trabajo la mariquita ya no estaba ahí. La buscamos en todo el balcón y no la hallamos. Creo que se sintió mejor y emprendió el vuelo.
Voy a regresar al mar. No sé si esto haya sido lo que andaba buscando
Voy a regresar. Tal vez un día el mar me cumpla la promesa que me hice –Sé bien que la promesa no me la hizo él, sino yo. Así funcionamos los humanos, mirando mensajes donde no los hay, esperando cosas que nunca vendrán- Tal vez un día él hable y me diga: “Te cumplí, ¿Qué no recuerdas el día en que encontraste ese bicho en la playa? Ese día te envié eso extraordinario que andabas buscando: Una pequeña piedra blanca. ¿Qué hiciste con ella? No habrás pensado que mi mensaje era la mariquita ¿Verdad?”