Reflejado del visor del casco de su compañero, un astronauta trabaja en el exterior la Estacion Espacial Internacional. Foto: NASA. Julio del 2009.
En mi familia fuimos muchos. Éramos padre, madre y 7 hermanos, la abuela y una tía que, tras cada fracaso sentimental, se quedaba largas temporadas con nosotros hasta que se encontraba una pared nueva contra la cual estrellarse. La casa no era grande, así que no había privacidad, a donde huyeras siempre había alguien o corrías el riesgo de que alguien entrara súbitamente. El hacinamiento nos hizo aprender a compartirlo todo: La cama, el closet, la ropa, los juguetes, los libros de la escuela y, ya más grandes, hasta llegamos a compartir un par de novias. Por eso nunca aprendí a esconder ni objetos, ni sentimientos, ni nada; no tenia caso hacerse el subrepticio en esa comuna a la que llamábamos familia. Todo era de todos, todos éramos todos los demás. Mi vida entera he llevado a cuestas esta ineptitud para ocultar lo que tengo, siento y pienso; ella me ha costado mis dos matrimonios, algunos empleos y mi fama de sincero o cínico –depende de lo afectado que resulte quien me juzga-. No me duele esta incompetencia, hasta me invade cierto orgullo de saber que soy virtualmente incapaz de mentir o querer hacerme el vivo, me brinda una sensación de bondadez; algo de lo que carezco. Pero en ocasiones como esta, en las que me entero de cosas que pueden lastimar a otros, lamento no haber adquirido nunca la habilidad para guardar un secreto.
Soy malo guardando secretos pero tonto no. Sé perfectamente que estos hombres a quienes en realidad no conozco, pero que aprecio por su gran valor para lanzarse a esta aventura sin sentido, se dieron cuenta desde el inicio que algo extraño ocurrió, que algo encontré allá afuera y que lo traje conmigo, a pesar de que el protocolo lo prohíbe terminantemente. Ahora que tengo la caja “oculta” bajo el tablero, que busco absurdamente la forma de postergarles la verdad, advierto que ellos evitaron hacer preguntas a pesar de que la curiosidad los mata. Ahora los aprecio aún más. Ojalá no tuviera que decírselos yo, ojalá le hubiera tocado a otro hacer este hallazgo, pero tuve que ser yo porque soy “el ingeniero” y es el tipo de sujetos como yo quienes deben encargarse de la frigida, tediosa y delicada integridad de la invisible fibra que nos une a la tierra, que nos conecta con la realidad y la razón. Por estrafalario que esto pudiera parecer estando en donde estamos, siendo quienes somos, alguien debe mantener la cordura.
Si nuestra ilusión de certeza, nuestra frágil burbuja de seguridad debía romperse, no iba a ser yo, aunque estuviera en mis manos, quien lo evitase. No guardé silencio pretendiendo evitar lo inevitable, lo hice por respeto a estos sujetos, aventureros, locos de atar, que encerrados en una lata pretendían junto conmigo llegar a donde nadie antes había arriesgado el pie.
Esta es una co-produccion Galicia - Buenos Aires - California.
¿No sabe como empezó? No se quede con la duda, vaya, entérese.
Esta es una co-produccion Galicia - Buenos Aires - California.
¿No sabe como empezó? No se quede con la duda, vaya, entérese.


