Son las 4:30 am de un sábado y la única luz de la calle que se halla encendida es la de esta casa. Yo me lamenté toda la tarde de ayer porque a mi jefe “se le ocurrio” que era buena idea trabajar el sábado, además de entrar a las 6 am y pasar el día con la amenaza de permanecer ahí indefinidamente porque “hay que terminar ese trabajo mañana, a huevo”
Mientras yo escribo esto, estacionados a un costado del camino en las afueras de la ciudad hay hileras de autos, dentro, trabajadores de la fresa dormitan porque están a punto de empezar su día. Ellos pasan todos sus sábados agachados entre los surcos a 8 dólares la hora. En la humedad y el frió de la mañana y bajo el quemante sol del medio día dejan su vida a cambio de no tener que padecer de las pobrezas que pasaron en el lugar de donde vienen, aunque evitarlo signifique dejar que su vida se escurra entre los surcos, entre el frío de la mañana y el sol del mediodía, entre lunes y el sábado, agachados en el campo recogiendo junto con las fresas, pedazos de ese sueño que casi nunca se les cumple: Regresar un día al lugar de donde vienen.
Mientras yo escribo esto, estacionados a un costado del camino en las afueras de la ciudad hay hileras de autos, dentro, trabajadores de la fresa dormitan porque están a punto de empezar su día. Ellos pasan todos sus sábados agachados entre los surcos a 8 dólares la hora. En la humedad y el frió de la mañana y bajo el quemante sol del medio día dejan su vida a cambio de no tener que padecer de las pobrezas que pasaron en el lugar de donde vienen, aunque evitarlo signifique dejar que su vida se escurra entre los surcos, entre el frío de la mañana y el sol del mediodía, entre lunes y el sábado, agachados en el campo recogiendo junto con las fresas, pedazos de ese sueño que casi nunca se les cumple: Regresar un día al lugar de donde vienen.
Tal vez no debería quejarme.

Trabajadores recogiendo fresas en el condado de Orange (foto: Patrick Powers)






